AquÃ, a solo 68 kilómetros de Marrakech, el cambio de aires es total. El tiempo parece haberse detenido para poner barrera al tumulto de la ciudad. Y los pequeños senderos sinuosos invitan a aventurarse más lejos en el valle, allà donde todo es auténtico.
Un mundo, cortado del mundo…Caminando a través de los senderos, es la montaña la que se alza en segundo plano. El paisaje es impresionante. Y muy pronto, los edificios del pueblo ceden el lugar a los olivos. Los árboles parecen bailar al son del viento. Y es allÃ, en medio de estos brotes de menta, donde nos encontramos con Mouhmad Oubihi.
El anciano nos acoge con una sonrisa curiosa. Y muy pronto, apenas intercambiadas las primeras fórmulas de cortesÃa, nos invita a compartir su té aromatizado con la menta recién recogida.
Y a lo largo de la discusión, Ahmed nos hace descubrir su mundo. Un mundo de agricultura fijada en el tiempo que, de una generación a otra, ha permanecido estéril a toda forma de modernidad o evolución. «Aquà no cultivamos la tierra para hacernos ricos, la tierra es para nosotros el único medio de alimentarnos, asà que solo sembramos lo que comemos», explica Mouhmad. Y prosigue: «Nuestros antepasados vivieron en estas tierras y nos legaron un tesoro que debemos respetar. Es por eso que no utilizamos ninguna forma de pesticida o fertilizante que no sea natural».

Cultivar la tierra en el respeto de la tierra….
¡Es increÃble e impensable a nuestra escala! ¡Cómo, en nuestro Marruecos de 2016, se puede imaginar todavÃa que hay gente que siembra y cosecha únicamente para comer! «Nuestro ciclo es simple, según los periodos, sembramos las frutas y verduras adaptadas y, por tanto, solo comemos productos de temporada. A cambio, siempre guardamos semillas de la temporada anterior para retomar un nuevo ciclo», explica Mouhmad. Y prosigue: «Muy a menudo somos abordados por agentes del gobierno que nos proponen ayudas o semillas subvencionadas de mejor calidad que lo que tenemos, pero nuestra tierra solo toma su propio fruto.
¡Es asà y no cambiará!». AquÃ, los hábitos son sagrados. Todos los sistemas, relaciones humanas, jerarquÃas, han sido decididos por los antepasados. Todo, hasta el sistema de gestión del agua.

De agua para mà y de agua para todos….
El modelo de gestión del recurso hÃdrico es bastante particular en Tizguine. El agua es un patrimonio transmitido de padre a hijo.
AsÃ, todo el pueblo recoge el agua de lluvia y la que fluye de las fuentes venidas de las montañas en una especie de estanque a cielo abierto. Luego, un sistema de acueductos bastante complejo permite al «amazzal» (el que hace correr el agua) distribuir según un cálculo ancestral las horas de riego asignadas a cada parcela.
«Amazzal conoce a todo el mundo y logra gestionar las horas de riego según las partes de cada uno. Mis hermanos y yo tenemos derecho, por ejemplo, a media jornada de agua cada dos dÃas y es él quien nos las atribuye bloqueando o abriendo los canales que llevan a nuestras tierras», nos explica Mouhmad Oubihi. De este modo, los pequeños agricultores del pueblo logran hacer frente a las temporadas de sequÃa y aseguran su abastecimiento continuo de agua de riego.
La crÃa de gallinas, un asunto de «criadoras»…
En Tizguine, la ganaderÃa no es el fuerte de los locales. El ganado se resume a algunas raras cabezas de ovinos, dos o tres vacas y algunas gallinas por hogar.
Sin embargo, un hecho muy particular es de destacar. ¡Las gallinas son asunto de las mujeres! Está mal visto en Tizguine ver a un hombre ganarse la vida haciendo avicultura.
«AquÃ, las mujeres nunca trabajan en los campos.
Ellas no van al mercado y disfrutan de un rango particular en el hogar. Además, para permitirles una cierta autonomÃa financiera frente a su marido, son ellas las que se ocupan del gallinero y ganan asà su vida.
No es raro, pues, ver a una mujer confiar gallinas o huevos a su hijo o marido para que vaya a venderlos al mercado y le entregue la totalidad de la suma ganada», nos cuenta Mouhmad Oubihi.
En resumen, nuestro periplo de una jornada en Tizguine ha sido rico en descubrimientos. Un retorno a los orÃgenes que merecÃa ser contado. Este artÃculo es, pues, la ocasión de levantar el velo sobre un trozo de nuestro Marruecos que ha elegido permanecer auténtico, virgen de toda forma de modernidad, de lujo o de superfluo. Sin embargo, en el pueblo, los niños van a la escuela, los hombres hablan en árabe en los cafés y los jóvenes se conectan a Internet en el pequeño cibercafé de la esquina. La paradoja es grande pero no molesta. Hacer agricultura biológica, desdeñar la producción masiva y optar por el riego organizado siguen siendo las elecciones de la gente de Tizguine, que han encontrado su equilibrio en el amor a sus tierras. ¿Quién sabe? Quizás mañana, estos mismos jóvenes que hoy se conectan a Internet en el pueblo ya no querrán cultivar las tierras de sus antepasados. Quizás después de Mouhmad Oubihi, la agricultura de las tierras fértiles y llenas de agua de Tizguine tomará un giro de producción masiva. Mientras tanto, Tizguine es lo que es: Un pequeño pueblo muy acogedor que da ganas de dejarlo todo para cultivar para comer…

