Las ediciones Afrique-Orient acaban de publicar «Escale à Tanger 1846». Esta obra comprende la parte tangerina de "Le Véloce ou Tanger, Alger et Tunis" (escrito en 1847, publicado en 1848), de Alexandre Dumas Padre.
En su preámbulo, J-P. Péroncel-Hugoz, gran reportero, miembro de la Sociedad de Redactores del Mundo, antiguo director de las colecciones Nadir (ParÃs) y Bab (Casablanca), autor notablemente de "Le Maroc par le petit bout de la lorgnette" (2010), bajo cuya dirección se publicó este libro, recuerda que para Alexandre Dumas Padre (1802-1870), con el espÃritu ciertamente preparado por algunas buenas lecturas sobre el «Imperio de Marruecos», bastaron solo tres dÃas para extraer, en un centenar de páginas, un opulento retrato en cascada de Tánger.
La decana de las ciudades marroquÃes, fundada por el gigante Anteo, a quien mató Hércules, y más tarde dotada, junto con Bombay, de una infanta portuguesa, pronto reina de Inglaterra, Tánger, pues, es a mediados del siglo XIX el escaparate diplomático de los jerifes coronados del Extremo Magreb y un puerto múltiple y brillante; ninguno de sus aspectos, oficios, razas, religiones e incluso los peinados «bÃblicos» de las tangerinas indÃgenas, escapará al ojo y a la inteligencia ultrarrápidos del primer Dumas.
¿No es la fulgurancia uno de los atributos mayores de los genios, de los maestros artistas? Atrapan al vuelo lo que no percibe el común y lo restituyen, magnificado, porque está amasado con su estilo, sus emociones, sus inclinaciones.
«Escale à Tanger» ilustra a maravilla, literariamente, esta transmutación de la realidad por el arte, el verdadero, aquel que no debe nada a las modas –aunque el escritor no escape a las ideas recibidas de su tiempo sobre los árabes, Oriente, el Islam, etc. No obstante, incluso lejos del Sena, tal como dijo en 2010 el académico Alain Decaux, Alexandre Dumas Padre continúa por todas partes «simbolizando el espÃritu francés», con su agudeza y su curiosidad, pero también su credulidad y sus anteojeras…
Lo que, con una frase a veces, nuestro viajero repara bellamente: «Toda esta raza andrajosa, en harapos, drapeando su desnudez con una manta calada, era soberbia de ver. Jamás emperador cubierto de púrpura, entrando en Roma en su carro de triunfo y pisando la VÃa Sacra para subir al Capitolio, ha levantado la cabeza con más dignidad. Es que, entre ellos, la dignidad está en el hombre, esta imagen de Dios, y no en el rango que ocupa, y no en el hábito que lo cubre. El árabe es sultán en su casa como el emperador en su reino».
Noticias 31 May 2012 3 min de lectura
«Escale à Tanger 1846» en las librerÃas: Cuando Alexandre Dumas Padre visitaba la capital del Estrecho

