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Sobre Timahdite

Timahdite (en árabe: تمحضيت) es una ciudad de Marruecos. Está situada en la región de Meknès-Tafilalet, a 1800 m de...

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Medio ambiente 31 Aug 2011 7 min de lectura

“¡Mamá, no me dibujes una oveja, sino un muflón...!”

“¡Mamá, no me dibujes una oveja, sino un muflón...!”

Según algunos balances, el Magreb sería una de las regiones mediterráneas más afectadas por la acción del hombre. El pastoreo, actividad predominante de las poblaciones bereberes presente desde la prehistoria, es sin duda la causa esencial. La agricultura no intervino efectivamente en el Norte de África hasta el advenimiento de los fenicios, y luego de los romanos. Aunque ciertos cultivos se instalaron definitivamente (cereales, frutales, vid), la conquista árabe y luego la ocupación francesa amplificaron a su vez la cría de ovinos y caprinos, cuyo número de cabezas no ha hecho más que aumentar hasta nuestros días, donde es exponencial y está en total desajuste con los recursos disponibles, incluso en los buenos años de lluvias útiles. El Magreb, incluido Marruecos, nunca ha disfrutado de una utilización racional del suelo y las primicias de la degradación de los paisajes forestales son antiguas. Afortunadamente, y ya estabilizada, la fuerte demografía de las recientes décadas (la población se había cuadruplicado en sesenta años) fue responsable del aumento de los rebaños, esencialmente en las zonas esteparias. Es una situación dramática para ecosistemas frágiles que dependen en su mayoría de lo árido y con muy bajo poder de regeneración. Si entramos en los detalles mediante un enfoque anecdótico y local de los métodos, constatamos el mantenimiento de opciones irracionales cuyo denominador común tiende siempre hacia un mayor número de cabezas, a veces incluso solo por prestigio y aun a costa de tener que proceder en ciertas temporadas al sacrificio de los corderos (región de Timahdite en el Atlas Medio).

La presión del hombre no se ejerce evidentemente solo por la ganadería y sus pastos intensivos hasta lo más profundo de las formaciones forestales, práctica asombrosa y solo presente en esta orilla del Mediterráneo. Otros impactos, cuya intensidad varía según las regiones y que no cesan de acentuarse, cuentan también en detrimento del biopatrimonio. El segundo factor de destrucción del paisaje marroquí es sin duda la aplicación de tratamientos forestales inadecuados que obstaculizan gravemente el funcionamiento de los ecosistemas forestales. Esta silvicultura de modo agronómico elimina toda competencia hasta la erradicación del sotobosque en su totalidad. Es excesivamente nefasta y conduce a aboliciones irreversibles. Estos tratamientos silvícolas sin discernimiento, heredados de la silvicultura europea y ya muy criticados en zonas más templadas, con sus talas rasas, sus clareos, sus monte bajo, generan una perturbación global que se añade a una deforestación de orígenes diversos. El corolario de esta desaparición de la cubierta vegetal (35.000 hectáreas al año) que organiza la pantalla verde de las montañas es la erosión del suelo. Los daños del forestal se unen así a los del pastor, lo suficiente para exagerar «a maravilla» los daños climáticos de un cierto calentamiento del planeta.

Muchos otros males influyen en el mal funcionamiento de los ecosistemas del país, hipotecan el futuro de la biomasa y del capital genético, contribuyen a banalizar la biodiversidad mediante el aniquilamiento de las especies de valor, siempre de menor resiliencia, y de manera general saquean el horizonte paisajístico. Una preocupación cada vez más realista de la disminución de los recursos se manifiesta, especialmente en los niveles del suelo y del agua, que no son inagotables. El aumento en las zonas favorecidas de la agricultura moderna y su cortejo nefasto a base de desbroce, concentración parcelaria y bioterrorismo por contaminaciones químicas, al igual que ciertas ordenaciones de un turismo mal entendido, son otros temas recurrentes que siguen de cerca al sobrepastoreo y la silvicultura en el grupo de cabeza de las amenazas mayores y del disenso creciente entre naturaleza y civilización. Las actitudes individuales, todavía demasiado a menudo ausentes de ciudadanía, sin el menor respeto por lo vivo, o presas de viejos y crueles demonios, cuentan también en la balanza, aunque solo sea por el afeamiento y la contaminación de los paisajes.

El arruí (Ammotragus lervia) puebla Egipto, Libia, Malí, Mauritania, Níger, Sudán, Chad, Marruecos, Argelia y Túnez. Esta especie clasificada como vulnerable, que ve sus efectivos en descenso debido a las modificaciones de su entorno y a una caza abusiva, ha sido introducida en las Islas Canarias, en el suroeste de Estados Unidos y en México. Su pelaje es leonado claro, su pelo es semilargo y espeso en el cuerpo, extremadamente largo en las patas delanteras y en toda la longitud de la parte inferior del cuello; el macho mide un metro a la cruz con un peso de 115 kg. Como en todos los bóvidos y a diferencia de los cérvidos, sus cuernos son permanentes. Están notablemente desarrollados en el sexo masculino. Durante la temporada de celo, los machos se muestran agresivos y sus combates son muy espectaculares. Tras una gestación de 170 días, la hembra da a luz una o dos crías. La duración de vida del animal es de unos quince años. Conocido también en Marruecos bajo el nombre de aoudad, el arruí es un excelente escalador de zonas escarpadas, especialmente subsaharianas. Su régimen es muy frugal, alimentándose de plantas herbáceas y matorrales. Puede vivir sin beber, contentándose con el rocío. Evoluciona más bien en pequeños grupos familiares, compuestos por un macho adulto y de dos a cinco hembras, cada una acompañada de su prole. Es un bóvido del género Ammotragus que no está representado más que por esta única especie, intermedia entre la oveja y la cabra. Por eso pertenece a la subfamilia de los caprinos (como el rebeco o la cabra montés del género Capra). En Marruecos, el efectivo del arruí se estima en más de un millar de animales, la mayoría dentro de figuras de protección.

Hablemos pues un poco de orígenes...

El antepasado de la cabra doméstica (Capra hircus) es la cabra bezoar de Armenia (Capra aegagrus). El bezoar es esa concreción del estómago y de los intestinos de los herbívoros a la que se atribuían antiguamente virtudes medicinales (la piedra de bezoar era un antídoto).

En cuanto a nuestra querida oveja doméstica (Ovis aries), el análisis citogenético confirma que desciende del muflón de Asia Menor (Ovis orientalis), la especie más pequeña del género Ovis y que posee también 54 cromosomas, con una influencia posible del urial de Armenia (Ovis vignei). Según los naturalistas-historiadores y los descubrimetrías arqueológicos, la fecha de su domesticación oscilaría alrededor del VIII milenio antes de J.C., justo después de la del perro y la cabra.

Desde Mesopotamia y el creciente fértil, la práctica de su cría se habría extendido hacia Persia y luego a la cuenca mediterránea. Varias oleadas invadieron Europa: el urial hasta Suiza vía los Balcanes, el muflón de Asia Menor hasta Gran Bretaña vía Alemania y Dinamarca, finalmente la oveja mesopotámica en la costa mediterránea vía Egipto. Sabiendo también que los muflones subsistieron en estado salvaje en la Europa de la Edad Media, sería muy arriesgado construir la genealogía de las razas actuales y la tesis de un origen multicéntrico, proveniente tanto de intercambios culturales como de convergencia de ideas, es la que se retiene. Sin embargo, está adquirido que el muflón corso-sardo (ovis orientalis musimon) no merece ser calificado así: se trata de un escenario de «asilvestramiento», es decir, de una oveja asilvestrada tras su abandono en estas islas. A finales de la edad de bronce, la oveja de la isla de Soay conoció un destino idéntico. Estas razas poseen en efecto un vellón lanoso que traiciona su domesticación anterior, pues en el muflón salvaje solo la subcapa del pelaje es lanosa.

Los hombres han seleccionado progresivamente a los animales con el fin de reducir el grosero pelo de jarre en beneficio del fino plumón lanoso. Se cuentan alrededor de 450 razas de ovejas domésticas, con las selecciones respectivas a los tipos de pastos, climas y altitudes, según una polimorfia muy rica (tamaño, color, número de cuernos, forma de las orejas, tipo de vellón...) ¡puesto que existe incluso (no una oveja de cinco patas...), sino una oveja sin lana!

Proporcionando leche, carne y lana, gregaria y desprovista de agresividad pero habiendo heredado del muflón una sensibilidad desarrollada (vista aguda, oído fino, excelente olfato), la oveja no podía más que seducir al hombre. Hay que saber que existe la relación bastante constante de una oveja por cada tres humanos...

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