Meknès ocupa un lugar singular en la historia de Marruecos. Situada en el cruce de las fértiles llanuras del Saïss, fue elegida por el sultán Moulay Ismaïl en el siglo XVII para convertirse en la capital de su reino. Esta decisión transformó una pequeña localidad en una ciudad imperial cuya huella arquitectónica sigue siendo hoy un testimonio fundamental de la dinastía alauí.
El reinado de Moulay Ismaïl es inseparable del aspecto actual de la ciudad. El sultán emprendió obras colosales para dotar a su capital de imponentes estructuras defensivas y administrativas. La ciudad destaca por sus kilómetros de murallas, sus puertas monumentales y sus vastos graneros. Estos elementos no solo servían para la protección, sino que también reafirmaban el poder y la centralización del gobierno alauí de la época.
La visita a Meknès permite observar varias estructuras que ilustran el genio arquitectónico de aquel tiempo:
Hoy en día, Meknès ofrece a los visitantes una inmersión en un pasado donde la arquitectura servía como lenguaje político. Al pasear por la Medina, se percibe la estratificación de las épocas. Aunque los monumentos de la era alauí dominan el paisaje, la ciudad mantiene un vínculo estrecho con su entorno rural y agrícola. La proximidad con el sitio arqueológico de Volubilis, situado a pocos kilómetros, permite además poner en perspectiva la historia de Meknès con la de las civilizaciones más antiguas que ocuparon esta fértil región.
Meknès es una parada esencial para cualquiera que desee comprender la estructura de las ciudades imperiales marroquíes. A diferencia de otras ciudades más densas, ofrece una atmósfera que permite apreciar mejor la escala de los proyectos urbanos emprendidos por los sultanes. Es una ciudad que invita a la contemplación, donde cada puerta y cada muro cuenta una parte de la construcción del Estado marroquí moderno. Al explorar sus callejuelas y plazas, el viajero descubre una faceta de Marruecos donde la historia imperial se mezcla armoniosamente con el día a día de sus habitantes.