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Sobre Larache

Larache (en árabe: العرائش) es una pequeña ciudad (107 371 hab.) de Marruecos, en la región de Tánger-Tetuán,...

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Noticias 02 Apr 2012 5 min de lectura

¡Los animales no violan!

¡Los animales no violan!

¿Quién ha arrancado en Larache esa membrana que nos ocultaba nuestra vergüenza a todos y a todas en este país donde la última muestra de amor no puede ser «conveniente» y legal a los ojos -vendados- de la ley y de la fe si la sangre no fluye y es expuesta como un trofeo de caza, al son de los tambores, de los «néffars» y los gritos de júbilo de las «négafates», esas primas o comparsas de las que practican la ablación a niñas pequeñas? Esta vergonzosa membrana, que nuestras frustraciones atávicas y nuestros residuos de instintos neandertales, de la era de los comedores de carne de cabra viva, ha sido inflamada por este sangriento desgarro. La violación, instinto «humano» que no conocen los animales, ha provocado, tras una larga incubación, el gesto sacrificial de una de nuestras innumerables Amina, cuyo fallecimiento por veneno para ratas tuvo, al final, como salvadora consecuencia ¡desgarrar nuestra membrana a todos en este país! Un país que no celebra ni consume el amor más que en estado de trance colectivo, más asimilable a un ejercicio de exorcismo que de disfrute de la vida y de su belleza, efímera sin embargo…

Nuestra membrana a todos (machos y hembras) ha sido desflorada. Por fin, nuestro bien oscuro Yo colectivo ha sido desenmascarado, dislocado, revelando el estado de marchitez de nuestras leyes y de nuestros juramentos de fe. He aquí pues dado en espectáculo, en la calle, en el Parlamento, en los tribunales, en los platós de televisión, esta lamentable ataxia que corroe y agita nuestro cuerpo social en su totalidad… Con sus poderosos y sus débiles, sus ricos y sus pobres, sus letrados y sus analfabetos, sus gandouras y sus esmóquines, sus viejos y sus jóvenes (¡ay!), sus jueces y sus demandantes… Ante su máquina, el escribano de nuestros amores, entre machos y hembras (ley de la naturaleza, del Hombre como del animal), no acepta escribir el acta de la vida aquí abajo de Amina y de sus compañeras más que cuando la cinta de su teclado cambia de tinta, cuando esta se vuelve roja sangre, ¡la sangre del himen-trofeo! Nuestros magistrados y nuestros jurisconsultos no tienen el aliento suficiente para poder remontar hasta las grutas de origen de donde nos vienen nuestras tablas de leyes y nuestros entrelazados de creencias, usos y costumbres. Su aliento es demasiado corto para poder abrazar, sondear, reformar, humanizar y modernizar toda la cosmogonía que nos une, en nuestro universo social y humano, en esta tierra marroquí ocupada por machos y hembras desde hace milenios… Debilidad de esfuerzos, de competencias y de fuerza del alma, que aprovecha a las sentencias del «genio maléfico» de los charlatanes, de los locos, de los falsos profetas, de los violadores y cazadores de himen fresco, sepultureros del amor, de la dignidad humana, del amor en la dignidad y en la celebración de la vida y de su belleza que solo la especie humana tiene el privilegio, entre todas las especies, de vivir y de tomar conciencia.

En nuestra realidad, más de doscientos mil años después del «Hombre de Sidi Abderrahman», sucesor lejano del «Homo Erectus», en esta provincia romana de Tingitana, con su Tingis (Tánger), su Tamuda (Tetuán) y su Lixus (Larache), todavía no se le concede a toda Amina la legitimidad de vivir en la legalidad, en el amor y en el perdón, si su himen no es «legalmente» y debidamente sangrado hasta la blancura, sobre el blanco de un «saroual» o… ¡de un sudario! ¡Aunque este degollamiento de la dignidad humana tome o parezca tomar la forma de una… violación! Una caza del himen, cueste lo que cueste, que puede incluso, profesa un criminal, tener un epílogo: ¡violar el cadáver del himen que uno ha tenido, por el derecho -divino y humano- de desflorar bajo el reinado del sacrosanto permiso de caza que llamamos, entre nosotros, «matrimonio»!

Nuestras Amina, desterradas de todo amor inflamado, son rastreadas y perseguidas, por todas partes, en las ciudades como en los campos, en los palacios como en las chozas, por hordas de cazadores de membranas juveniles, asistidos por muchos guardianes de nuestra membrana a todos nosotros, la tejida de instintos atávicos, de sueños macabros y de costumbres neocaníbales. ¡Tregua de ilusiones! Somos un pueblo del reino de las fieras: carnívoros por excelencia (idólatras del «Dios Cordero», diría Cándido si nos visitara los siete días del «Gran» Aid) y violadores de la integridad y de la dignidad de lo humano, por cualquier medio… Por la fe, por la ley, por la voz, en los bosques como en el Derecho. La inflamación aguda de nuestra membrana colectiva es, como observamos hoy, bien fuerte y muy avanzada. Se agravará y se extenderá aún más mientras, por somnolencia o por indolencia, se permita al macho escribir la historia de su vida con negro sobre blanco, para no conceder a la hembra más que la pena de grabar su calvario con rojo sobre el blanco de la muerte del corazón, del cuerpo y del alma.

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